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El cuerpo sabe lo que la mente aún no se ha dado cuenta": Nazareth Castellanos y el diálogo secreto entre nuestro cerebro y nuestros órganos

La neurocientífica Nazareth Castellanos explica cómo la comunicación entre las neuronas, el corazón y el intestino define nuestra salud mental y por qué todos podemos ser "escultores" de nuestra propia arquitectura cerebral.


Históricamente, hemos imaginado el cerebro como un órgano aislado, un director de orquesta que da órdenes desde un búnker de marfil. Sin embargo, la ciencia moderna está revelando una realidad mucho más compleja y fascinante: nuestro cerebro está en constante comunicación con el resto del cuerpo, y esta relación es bidireccional.

En una charla profunda sobre los misterios de la neurociencia, la doctora Castellanos desgrana cómo desde la postura física hasta la dieta impactan en quiénes somos y cómo nos sentimos.


El bosque neuronal: una herencia de genios

Para entender el cerebro, Castellanos propone imaginarlo como un bosque frondoso. Mientras que a principios del siglo XX se pensaba que era una masa continua, el genio español Santiago Ramón y Cajal descubrió que este bosque está formado por unidades individuales: las neuronas.


Estas células funcionan como árboles: tienen un cuerpo (soma), una copa con ramas (dendritas) y raíces (axones). Lo fundamental, según Castellanos, no es la neurona individual, sino su capacidad de comunicación.


Mediante impulsos eléctricos y "cartas" químicas conocidas como neurotransmisores, miles de millones de neuronas coordinan actividades tan complejas como el habla, la memoria o la emoción.


"El marcador somático": Por qué el cuerpo va por delante

Uno de los puntos más reveladores de la investigación de Castellanos es que las emociones no ocurren solo en la cabeza. "El cuerpo sabe lo que la mente aún no se ha dado cuenta", afirma la experta, haciendo referencia al concepto de marcador somático.

Antes de que seamos conscientes de una emoción, el cerebro ya ha coordinado una respuesta en el cuerpo. Por ello, el desarrollo de la consciencia corporal es una herramienta clave para la gestión emocional: aprender a reconocer dónde sentimos el enfado o la alegría permite intervenir antes de que la emoción nos desborde.


La neurociencia actual ha confirmado que:

La postura influye en el cerebro: El cerebro interpreta constantemente la posición de nuestro cuerpo para determinar nuestro estado emocional.

El ejercicio fortalece el hipocampo: La actividad física cardiovascular protege la memoria y fortalece el "bosque neuronal".

La respiración nasal: Influye directamente en los mecanismos de atención.


Escultores de nuestro propio cerebro

Recuperando una frase de Ramón y Cajal, Castellanos asegura que "todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro". A través de la plasticidad cerebral, podemos cambiar nuestra personalidad y hábitos, aunque no es una tarea sencilla.

El cerebro es un animal de costumbres; ante una situación, siempre elegirá el camino (circuito neuronal) más fuerte o habituado. Por eso, el cerebro no sabe "olvidar", solo sabe "sustituir". Para cambiar un hábito dañino, no basta con intentar inhibirlo (lo cual suele reforzarlo), sino que hay que crear voluntariamente un circuito alternativo mediante la intención y el propósito.


La mente divagante y el poder de la atención

Un estudio de la Universidad de Harvard destaca que pasamos el 47% de nuestro tiempo despiertos con la mente en un lugar distinto al que está el cuerpo. Esta "mente divagante" suele ser una mente infeliz, ya que la falta de presencia hace que las experiencias se vuelvan menos agradables o incluso desagradables.


La práctica de la atención plena o meditación (entrenar el cerebro para volver al presente) ha demostrado cambios físicos en apenas cinco días. Al meditar, se refuerza la corteza prefrontal y crece la ínsula, la zona involucrada en la autoconsciencia. "No hace falta vivir en un monasterio; con 30 minutos al día se producen cambios que disminuyen el estrés y la ansiedad", señala Castellanos.




El segundo cerebro: El eje intestino-cerebro

La revolución científica de la última década ha puesto el foco en el intestino. Hoy sabemos que este órgano tiene más influencia sobre el cerebro que viceversa. La microbiota intestinal (los millones de microorganismos que habitan en nosotros) influye en nuestro estado de ánimo, aprendizaje y comportamiento social.


La dieta, por tanto, no es solo una cuestión de nutrición física, sino de salud mental. Estudios sugieren que la alimentación de una madre durante el embarazo puede incluso predecir la regulación emocional de su hijo hasta los cinco años.


La herramienta definitiva: La amabilidad

Finalmente, la neurocientífica destaca la importancia de la autocompasión. Ser excesivamente duros o exigentes con nosotros mismos activa zonas cerebrales asociadas al dolor y al estrés.


En cambio, cultivar la amabilidad hacia uno mismo no solo mejora el bienestar y el optimismo, sino que tiene efectos tangibles como la mejora en la calidad del sueño. Para Castellanos, este trato respetuoso con uno mismo es una de las herramientas más poderosas que podemos fomentar desde la infancia para cuidar nuestra salud mental.

 
 
 

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